15 ago. 2011


A mi lado Diógenes no tenía ningún síndrome. Desde siempre he sufrido y he gozado una gran pasión por los objetos, un extraño morbo que me ata a ellos, que me ayuda a quererlos poseer, o ellos me poseen a mi, no lo se. Este vinculo es todavía mas fuerte cuando el objeto lo he creado yo. Cuando esto ocurre el objeto se convierte en objeto-pedazo-de-mi-vida. Un pedazo de alma y de espacio-tiempo, de acumulación de casualidades, de un paso sigue a otro paso.
Gran lámpara de oscuridad la de Diógenes, lámpara de luz negra que engulle al mundo, lucecita atrofiada en el S XXI, lucecita que solo puede alumbrar ciertos actos o ciertos momentos de una vida, puesto que la honestidad no existe como entidad ni como persona. En la vida de un pintor la lucecita solo funcionará en unas cuantas obras que acumulan la seguridad y el no-puede-ser-otra-cosa. La arrogante y absurda ultraseguridad de que es un gran momento para pintar.

Y van pasando los años, y voy acumulando desde papeles magullados, hasta grandes lienzos. Y solo tengo 20 años, y ya tengo mas obra que días he vivido, y tengo problemas, y la quiero y no puede deshacerme de ella. Mis propias obras me comen, me tragan me agobian y me engullen.

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